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Cómo hago mis consultas bibliográficas
En memoria de Aaron Swartz.
Una de mis políticas para la clase es no facilitar los textos que se van a discutir. Creo que al realizar sus propias búsquedas, los estudiantes tienen la oportunidad de descubrir por ellos mismos textos relacionados de otros autores, algunos más recientes. Si les doy los textos, les quito la oportunidad de realizar sus propios descubrimientos.
Para el ejercicio de la clase pasada, estaba tentado de sugerirles algunos catálogos para buscar bibliografía sobre política del lenguaje en México, junto con las palabras clave que les darían mejores resultados. Me contuve y, en su lugar, lo planteé como una pregunta a resolver. Basado en los textos revisados, ¿qué palabras clave ayudarían a identificar trabajos que se enmarquen dentro del campo de la política del lenguaje?, ¿en dónde deberían hacer la búsqueda?
Encontré gratificante conocer su propia experiencia en la búsqueda. Uno de los chicos, Edwin, comentó que primero buscó en Google y no encontró muchos resultados. Después, se fue directamente a los catálagos de las bibliotecas. A mí me alegró bastante que se diera cuenta de las limitaciones de la búsqueda web. Para una exploración exhaustiva, hay que también buscar directamente en los catálogos de las bibliotecas o en portales especializados.
Tanto retomar los estudios como dar clases me han hecho reflexionar cómo yo mismo hago las búsquedas y cómo mi forma de buscar ha cambiado con la tecnología. El tipo de herramienta que utilizamos influye en los resultados de nuestra consulta.
La forma en que las bibliotecas son ordenadas, por ejemplo, determinan qué libros acompañarán al libro que buscamos. Al caminar por diferentes secciones mientras nos acercamos a nuestra búsqueda exacta, pasamos los ojos por diferentes títulos que quizá no era lo que buscábamos, pero podrían también servirnos o interesarnos por esa misma proximidad temática con nuestra consulta inicial. Si vamos por un autor en específico, podemos descubrir otros temas que le interesó. Y sin buscar un título exacto, las bibliotecas nos dan la opción de una búsqueda avanzada por temática, lo que de entrada nos amplía la perspectiva del mismo tema que buscábamos.
Los buscadores, por su parte, contienen otra lógica, la cuál cambia periódicamente. Parte del SEO (Search Engine Optimization) es hacer ingeniería inversa del criterio que utiliza Google (u otros buscadores) para enlistar y ordenar los resultados.
Recuerdo que, para hacer mis tareas, me acostumbré a buscar en google por palabras claves (“química redox reacciones”, “física movimiento pendular”, etc.). En mi experiencia, esa era la mejor forma recuperar los mejores contenidos, un método que tomaba parte de mi experiencia en búsquedas catalográficas.
Me reí cuando vi a mi padre buscar con una pregunta “cómo se le llama tal cosa” y pensaba que no iba a dar con la respuesta. Esa era mi experiencia de años atrás y, por eso mismo, yo no buscaba con preguntas abiertas. Sin embargo, me sorprendí al ver que sí le había dado un resultado exacto. Resulta que Google, basado en sus datos de cómo la gente busca en su página, invirtió en investigación para mejorar los resultados que se ofrecen con preguntas abiertas.
La verdad, hoy en día siento que me cuesta más trabajo encontrar lo que busco usando Google. Creo que se debe a muchos factores. Gran parte de los contenidos se encuentran detrás de un paywall; el blackhat SEO aprendió a optimizar la visibilidad de artículos basura; y parece haber preferencia por ciertos sitios que no me extrañaría que mantienen una alianza con Google. Incluso a veces siento que Google Scholar resulta defectuoso para encontrar los resultados más relevantes para mí.
Extraño poder encontrar el sitio random de un sujeto que hizo una rústica página web sobre algún tema que le obsesiona. En su tiempo, encontré algunas joyas. Una de mis favoritas era un señor que publicaba de manera más o menos frecuente una reseña sobre una obra de arte inspirada en el ajedrez. Según he podido verificar, él todavía publica.
El criterio de la autoridad de los sitios web, una métrica determinada por Google basado en los enlaces que apuntan a cierto sitio, acabó homogenizando muchas búsquedas. Hasta cierto punto, soy un cómplice de ello. Me pagaban por escribir artículos para posicionar sitios web. Pero es lo que pasa en un mundo desigual, las desigualdades se exacerban en todos los rubros.
¿Hoy cómo hago las búsquedas? Como le perdí confianza a Google, mi buscador por default es DuckDuckGo. Si hay algo en lo que necesito variedad de referencias, consulto DuckDuckGo, Google y Bing. Sí, en verdad. Bing ha mejorado bastante en los últimos años. También ahora utilizo bastante agentes para que me organicen una bibliografía básica. Por como son entrenados, es bastante probable que te dé las referencias más pertinentes sobre cierto tema, pero si el tema es muy de nicho, también es muy probable que te las invente.
En algunos casos, hago mis búsquedas directamente desde los sitios web que de antemano conozco que tienen el contenido que busco. Por ejemplo, cuando trabajaba en la Coordinación de Colecciones Universitarias Digitales, uno de mis sitios de referencia era la Biodiversity Heritage Library. Esta biblioteca digital cuenta con revistas y libros con descripciones de especies desde el siglo XVIII. Muchos de los ejemplares de la colección de holotipos de la UNAM fueron descritos en el siglo XIX en revistas extranjeras, así que podía consultar el artículo original donde se describía el ejemplar del holotipo que resguardaba la UNAM. En esa biblioteca consulté el artículo original de Galleoti y Nyst de 1840, que se trata ni más ni menos que el primer fósil mexicano descrito en una revista científica, y los utilicé de referencia para un artículo que publiqué en Nexos.
Hay miles de sitios en línea con incunables digitalizados. Y la buena noticia: la ley europea determinó que los objetos digitalizados no crean nuevos derechos de autor. Es decir, si una obra ya es del dominio público, su digitalización también debe serlo. Project Gutenberg saca provecho de esto y comparte miles de ejemplares que ya son del dominio público en línea.
Hay otros proyectos como Archive.org que han expandido de manera sustancial su acervo en los últimos años, con la Open Library fundada por Aaron Swartz. Para mi grata sorpresa, la Open Library incluye muchas obras digitalizadas en español, algunas de ellas sin estar aún en dominio público, pero puestas a disposición como un “préstamo digital”. A mis alumnos les comenté la clase pasada que quizá les costaría encontrar en línea un libro en específico, así que les dije en cuáles bibliotecas lo podrían encontrar (que eran donde lo había consultado yo). Sin embargo, gugleé el título por curiosidad y me di cuenta que estaba disponible en la Open Library de Archive.org.
Esta es una mención no exhaustiva de proyectos de acceso abierto. Al no estar dirigidos por colmilludos agentes de marketing digital, muchos de esos proyectos fallan en hacerse visibles, pero la verdad es que conforman una gran pléyade. Para que te des una idea, visita el Open Access Directory, que enlista una gran cantidad de sitios. Sin embargo, al buscar algunos de los que yo conozco, descubro que no se encuentran ahí. Es decir, el Open Access Directory está lejos de representar la totalidad de los recursos de acceso abierto de Internet.
He dejado para el final mis sitios preferidos: las bibliotecas piratas. Pero estoy seguro que la mayoría de ustedes ya las conocen: LibGen, Sci-Hub y Z-Library. Desafortunadamente estos proyectos son hoy en día bastante hostigados por los grandes consorcios editoriales. Simplemente Sci-Hub ya no cuenta con los artículos más recientes. También he podido constatar que muchas editoriales implementan medidas de seguridad que hacen complicado descargar sus pdfs cuando los consultas a través de un acceso institucional, haciendo igual de difícil compartirlos con otras personas.
Por ello, me parece importante que hagamos del acceso abierto una bandera. Se requiere un cambio cultural que renuncie al derecho de autor y abrace el derecho al conocimiento.