Me siento en uno de esos sueños en donde estás en el salón de clases y te recuerdan que había examen. De repente, te das cuenta que sigues en la secundaria. Te dices «pero yo ya escapé de esto» y comprendes que, por horrible que sea la vida adulta, al menos no es la secundaria.

No siento que para mí la secundaria haya sido horrible. No es la experiencia que recuerde con más cariño, pero no se compara con lo que fue la universidad para mí. Hoy reflexionaba que, a pesar de todo el estrés que cargo ahora, al final de la semana siento que nada fue imposible: logré terminar mis tareas del posgrado, cerré mis tickets del trabajo, hice ejercicio, me preparé la comida y jugué videojuegos. Hasta escribí un poco por placer.

El mánager de mi nuevo proyecto me dijo que los nuevos colaboradores suelen tomarse de tres a nueves meses para empezar a hacer contribuciones significativas «y tú lo hiciste en tus primeras dos semanas». Eso me quitó una gran presión de encima, pues sentía que me estaba costando mucho trabajo comprender la lógica de la codebase. Y me dio confianza para ser más abierto con los compromisos que tengo en la semana, sobre todo el del jueves. «Mientras hagas tus tickets no me importa a qué hora te conectes», me dijo.

Me desanimó saber que la clase del viernes no se abriría, aún cuando había aceptado darla sin cobrar. Era la que más me emocionaba. Al mismo tiempo pense «Diosito me cuida de mí mismo».

Hoy me levanté con buen ánimo, el mejor ánimo desde que regresé a México. Pero en la tarde se me fue para abajo en cuento me enviaron la lista de inscritos a la clase de Política del lenguaje. Tentativamente, solo serán siete inscritos. Eso debería hacerme sentir bien, pero mi cerebro se empeñó en interpretarlo como una muestra de desprecio: «claro, ¿quién querría inscribirse conmigo, si solo soy un tipo rándom que propuso una clase porque se sentía aburrido».

Ese tipo de pensamientos me ha costado mucho trabajo controlar en días recientes. No logro sentir los halagos como actos sinceros y el más nimio gesto lo siento como un acto de desprecio.

La semana pasada metí mis papeles para pedir financiamiento para las colegiaturas. Sin embargo, mi score de crédito está a un punto de lo que piden para el préstamo de FIDERH. Solo si por azar me actualizan antes del 16 de febrero el score después de que liquidé mis saldos, tendré una oportunidad. Quería ese crédito para quitarme la presión de vivir al día y dejar de comerme mis ahorros, que me han costado muchos años de esfuerzo.

Como es mi costumbre, me andaba azotando por eso hasta que me dije «quizá ya es momento de que liquides tu posición de acciones de Nvidia». Con el dólar a la baja y el escepticismo en el financiamiento hacia infraestructura para AI a la alta, tal vez es el mejor momento para salirse, por ahora.

Estar otra vez solo y tener que estudiar todos los días me han hecho recordar mucho una parte de mí que ya había olvidado. Siento que mis pensamientos vuelven a adquirir profundidad y boceto textos largos en mi cabeza. Hay muchos temas de los que quisiera platicarte, pero no quiero volverlos una publicación de blog porque me interesa darles bases sólidas, con ejemplos y referencias.

Para cada materia he tenido que desarrollar una estrategia diferente para estudiar y hacer los trabajos.

En Tecnologías Disruptivas, escucho los videos de la clase mientras juego videojuegos que requieren más atención visual que auditiva. Esa es la única manera que he encontrado para no aburrirme. Los temas me recuerdan mucho a cuando escribía artículos sobre innovación y tecnología en Ebusiness Hoy.

Llevo una materia que se llama «Arte y mérito del liderazgo consciente», cuyo nombre es más bien un eufemismo a «capitalismo buenaondita». No esperaba mucho de esa materia, pero me ha hecho recordar mis lecturas de sociología. Aunque ya en la quinta semana de trimestre, me empieza a fastidiar.

Mi materia favorita es Aprendizaje Automático… y menos mal que me está gustando porque me estoy martirizando por querer dominar bien ese tema. Para esa materia, he empezado a sentarme y tomar notas. Me cuesta mucho trabajo seguirla. Sin embargo, en cuanto logro entender el tema, me siento muy feliz, me emociono y no puedo dejar de pensar en ello.

Hoy lamenté no tener más tiempo para estudiar más y perder tantas horas con pensamientos intrusivos y preocupaciones mundanas. Sin embargo, al cenar me dije «tienes mejores condiciones para estudiar que cuando estabas en la universidad».

Me toma tiempo hacerme de comer, pero no me falta comida. Me preocupa no poder ahorrar por pagar renta, pero tengo un lugar cómodo y tranquilo para dormir. Me preocupa tener que tomar de mi ahorros, pero no sufro porque ya no tengo para el pasaje.

Y estoy triste a veces, pero no tengo planes de dejar el mundo pronto.

Mañana estaré otra vez en el mismo sitio donde tomé hace años clases. Me siento como en esos sueños en los que despiertas y estás otra vez en la secundaria. Aunque para mí, la universidad fue una peor experiencia. Quizá mucho de mi vida me recuerda ahora a esos días, pero ya estoy en un momento mejor de mi vida.