En la depresión clínica, es común reclamar a familiares y amigos una falta de comprensión. Ninguna palabra de ánimo parece suficiente y hasta causa molestia: «todo va a pasar», »tú échale ganas», «verás que todo sale bien». En este estado, uno reclama al mundo por no entenderlo.

Sin embargo, una realidad que no logra ver el individuo deprimido es que esta falta de comprensión también proviene de uno mismo. En la depresión uno se centra tanto en el propio malestar, que la capacidad de mostrar empatía también se ve afectada (Scheirter et al, 2013).

En su momento, descubrir este hecho me hizo replantearme cómo interpreté las palabras de otras personas cuando intentaban darme ánimos, y reflexionar sobre mi propia falta de comprensión a sus problemas. Porque aún con las necesidad básicas cubiertas, una red de apoyo y autorrealización, la vida es díficil.

Pero esta falta de comprensión que uno tiene en un episodio depresivo vuelve muy incómodo el acompañamiento de la depresión para los demás. Uno se centra tanto en hablar de lo mal que lo pasa que se olvida de los otros. Uno consume demasiada energía de los demás. A veces nos damos cuenta y nos podemos ir al otro extremo, evitar hablar de cómo nos sentimos.

En mi caso, encontré en escribir en un blog una forma de poder compartir cómo me sentía sin incomodar demasiado a la gente cercana a mí, con un seudónimo y en un foro donde la mayoría fueran extraños. Así conocí a Rodrigo, a Nora y a otros amigos que me leían y los leía de vuelta. Cada quién lidiaba con diferentes problemas: divorcio, adicciones, desempleo, anorexia. Era una comunidad de espíritus rotos en la que te podías sentir seguro.

Creo que no he vuelto a sentir una comunidad así, pero tampoco me ha hecho demasiada falta en los últimos años. Tengo mis días malos. Quizá últimamente han sido más los días malos que los buenos, pero no se comparan con mis peores días. Y con todo lo cansado que pueda estar, creo que sí tengo energías para escuchar a otros. A veces creo volver a entrar a un episodio depresivo, pero puedo distinguir un mal momento de un cerebro que me arrastra a la conmisceración diaria.

Agradezco mucho a quienes me han tenido paciencia. A veces me arrepiento de compartir demasiado, pero cuando de vez en cuando alguien me escribe y me comparten un poco de su vida, me siento acompañado y me alegra poder acompañar, aunque sea con mis ojos, a alguien más.