En Japón hay un servicio para ayudarte a desaparecer. Te dan un nuevo domicilio y lo necesario para iniciar una nueva vida sin ser encontrado. Suena como un programa de testigos protegidos, pero quienes manejan esas empresas han encontrado que hay muy diferentes motivos por las que alguien quisiera «evaporarse».

A mí en más de una ocasión me ha dado por desaparecer, desde que era niño. Sin embargo, cuando tienes menos de diez años y no cuentas con un trabajo, las implicaciones de desaparecer son más problemáticas. Pero la fantasía ha reaparecido en múltiples ocasiones.

Le has visto 9 años

Cuando me buscaron en Cuernavaca, mi alternativa ha cualquier plan suicida frustrado era empezar una vida de cero en esa ciudad. Dejar la escuela, encontrar un trabajo sencillo, leer en mi tiempo libre y solo vivir un día tras otro sin hablar con nadie fuera del trabajo.

Le has visto 18 años

En los últimos días he tenido otra vez el deseo de desaparecer. Hoy en día es más sencillo: borras tus redes sociales, bloqueas tu teléfono y ya. Sin una huella digital es como si no existieras. Sin embargo, me aguanto la tentación. ¿Qué es lo que realmente quiero cuando quiero apartarme de todos?

Cuando muera, quisiera ser olvidado pronto, que mi nombre no quede en ningún registro y que mi presencia en este mundo pase sin que nadie la haya notado. Sin embargo, quisiera que mis acciones continuen ondulando. Que los materiales que utilicé para estudiar le sirvan a otras personas, que lo que construí le siga siendo útil a alguien. Y si alguna de mis reflexiones tienen valor, que le sirvan a alguien más aunque nadie me acredite como su autor.

La impermanencia es un tema común en los poemas que más me gustan. Como Nezahualcoyotl es muy citado en mi círculo, escogeré un ejemplo menos conocido, Omar Jayam:

No temas que se borren del mundanal tablero tu existencia y la mía. El eterno Copero ha vertido del cántaro una tras otra gota, y seguirá vaciándolo, sin agotarlo entero.

Es probable que los cuartetos que se conocen de Omar Jayam son más obra de su traductor al inglés, Edward Fitzgerald. Muchos de los cuartetos se le adjudican a él, pero hay quienes sospechan que son de otros autores.

Disfruto pensar que el verdadero autor de los cuartetos no es realmente Jayam. Hay cierta delicia en imaginar que fue olvidada aquella persona que escribió sobre no temer que nuestra existencia sea borrada del mundano tablero, pero las palabras que escribió se continúan compartiendo de un siglo a otro, de una lengua a otra.

Y eso es lo único que quisiera dejarle en el mundo: unas pocas palabras que caminan solas.