Recibir al espíritu santo
A mi abuelo alguien le dijo que una marca que tenía en la mano significaba que tenía el don de curar. Me observé las manos y le pregunté que si yo tenía esa marca. Él me dijo que en mi palma se veía una M y que tenía el don de ser maestro. Me desanimó un poco cuando me lo dijo porque yo, en ese entonces, quería ser como él y, por lo tanto, quería ser médico.
Pero mi abuelo también era maestro. Daba clases de Historia y Filosofía de la Medicina, así como de Neumología. La Universidad Veracruzana le dio una medalla como reconocimiento de sus 45 años de dar clases. Mi abuela decía que algunos de sus alumnos le apodaban “Pérez Te jode”, porque era estricto a la hora de calificar. Empezó muy joven a dar clases. Nunca tomé ninguna clase con él, pero a mí me enseñó muchas cosas. Y cuando lo recuerdo, intento todavía aprender de él.
En estos días en que me he tenido que acostumbrar al ritmo de mis nuevas actividades, recuerdo cómo mi abuelo se paraba a las seis de la mañana a prepararse el desayuno. Cepillaba a los perros y los sacaba a pasear. Dependiendo del día, iba a la Facultad de Medicina, al Hospital Regional o al Catastro Toráxico. Durante un tiempo pasaba a recogerme a la escuela y me llevaba a su consultorio o al Catastro. A veces se le olvidaba pasar por mí, o simplemente se quedaba dormido a la hora en que tenía que recogerme.
Entre más cerca estaba el inicio del semestre, más me preguntaba por qué se me metió la idea de dar clases, hasta que en un cajón revisé unas fotos de mi abuelo que traje conmigo. Me acordé de cómo él le dedicaba las tardes a revisar los libros de medicina, a preparar presentaciones, a organizar sus diapositivas. Y sentí por un momento que yo, preparando mis clases, me convertía un poco en mi abuelo.
Tenía muchos años que no estaba frente a un grupo. La primera vez, di clases sabatinas de regularización para chicos de secundaria que querían prepararse para el examen de COMIPEMS. No recuerdo haber sentido nervios en ese entonces. Sentí un poco de nervios cuando, siendo adjunto de Dora Pellicer, la maestra se ausentó todo el semestre por problemas de salud y me tocó impartir solo la materia de Etnografía de la comunicación. En esa ocasión senti que el grupo me odió, pero no me importaba realmente lo que pensaran de mí, sino la calidad de los trabajos que Dora iba a revisar.
En ese entonces era menos consciente sobre mi «yo público«, creo que por eso me costaba menos trabajo pararme frente al grupo. En verdad no me importaba qué pensaran de mí. En cambio, en esta ocasión, me preocupaba mucho que vieran que me muevo raro y que hago sonidos ambientales. O no saber modular bien mi voz frente al grupo, o cualquier otro aspecto de mí que ya soy consciente que la gente suele juzgar.
Antes de irme de Veracruz, agarré unos sacos de mi abuelo que me dejó mi tía. Mi madre me dijo que no era necesario que me vistiera tan formal, pero yo sentía necesario llevar ropa de mi abuelo conmigo. Por un momento dudé en ir con saco a la ENAH. «Paulo, no te esfuerces en desentonar más de lo que desentonas». Pero al verme en el espejo con un saco de cuadros marrón, me sentí como otra persona y, por alguna razón, eso me hizo sentirme más tranquilo. «Este es tu disfraz, hoy solo necesitas actuar».
Y creo que actué bien.
Disfruté mucho conocer al grupo. Sentí que todos eran muy participativos y reflexivos. Algunos fueron sinceros en las partes del texto que no comprendieron del todo. Estoy seguro de que notaron que tengo algo «raro». Me balanceé un poco, hubo un instante en que empecé a disociar, hice ruidos ambientales. Pero me sentí seguro con ellos y no me importó lo que pensaran.
En su cosmovisión religiosa del mundo, mi abuela dice que nosotros no somos quienes hacemos las cosas bien, sino que es el Espíritu Santo que obra por nosotros. De regreso a casa, me sentí tentado en darle la razón. No sentí que fuera yo quien hablaba. Aunque preferiría pensar de que fue el espíritu de mi abuelo quien me acompañó.
No he sentido preparar las clases como trabajo extra. Al contrario, lo he sentido como una forma de distracción. Pero le he dedicado más tiempo del que debería. Me ha absorbido tanto que he descuidado otras tareas. Tendré que balancear mejor mi tiempo.